domingo, 25 de septiembre de 2011

El mono Sun


Hace más años de los que nadie puede contar, en el lejanísimo Imperio de la seda y de la pólvora, nació un mono muy especial. Lo llamaron Sun Houzi. La gente de su pueblo decía que había nacido de un huevo de piedra y que su madre había sido una roca tan antigua como el tiempo. Y aunque nadie estaba muy seguro de que esta historia fuera cierta, lo trataron con respeto desde muy chiquito.

El pequeño Sun vivía en una granja cercana a la Ciudad Secreta, que era el corazón del Imperio, y pasó su infancia haciendo todas las monadas, monerías y monigotadas que se le ocurrieron. Desde esconderle la gorra en un pote de miel a su amable cuidador Huan Zu hasta llenar de piedritas los engranajes del molino de arroz, que se atascó haciendo un ruido espantoso.

Pero, cierto día, el pequeño Sun se dio cuenta de que podía hacer algo más que monadas, monerías y monigotadas. Esto sucedió por casualidad, cuando intentaba entrar a robar nueces de la despensa de la granja por una ventana muy chiquita. Después de meter el brazo cuan largo era, de atascarse la cabeza en los barrotes y de estirar las patas dentro de la despensa sin llegar a su objetivo, se enojó y tomó un palo para golpear la ventana. En ese momento, pensó:
—Ojalá fuera del tamaño de un ratón.

E, instantáneamente, se convirtió en un monito mínimo, tan chico como el ratón más pequeño. Un rato después, y mientras intentaba romper con el palo las nueces robadas, Sun volvió a pensar:
-—Ojalá fuera tan grande y fuerte como Huan Zu para abrir estas nueces de un solo golpe.

E, instantáneamente, se convirtió en un mono grande, del tamaño de su cuidador. Y mientras rompía y comía una montaña de nueces, pensó otra vez:
-—Aquí hay algo raro. ¿Será que este palo hace lo que yo le pido?

Y, efectivamente, así era. Sun se pasó el resto de la tarde pidiendo ser tan chico como una hormiga, una mosca o un grano de arroz, y tan grande como un buey, una choza o la carreta de Huan Zu. El palo respondió puntualmente a todos sus deseos hasta de Sun se cansó del juego y se quedó dormido.

Pasaron algunos años y Sun creció haciendo nuevos descubrimientos. No solamente podía usar su palo mágico para agrandarse y achicarse, sino que también podía hacer que las nubes arrojaran lluvia sobre la granja para tener un enorme barrial donde remojarse y ensuciarse a gusto. O también podía hacer que las frutas jugosas cayeran de los árboles a su paso para empacharse. Y lo peor es que también podía curarse el empacho con sólo desearlo.

Las habilidades de Sun llegaron a oídos del Emperador Jade, soberano del Imperio, que inmediatamente pidió que lo llevaran a su presencia y ordenó que lo nombraran Rey de los Monos y Cuidador de los Establos Celestiales.

Pero muy pronto, Sun descubrió que esos trabajos lo aburrían soberanamente. El Emperador le parecía un mequetrefe tonto y soberbio, y las ceremonias del palacio le resultaban insoportables.
—Yo soy mucho más que estos cortesanos ridículos —se dijo un día—. Puedo hacer mucho más, y lo haré porque mi magia es más fuerte. Soy un sabio más grande que el mismo cielo.

Cuando el Emperador se enteró de estos dichos, intentó conformar a Sun nombrándolo Guardián de los Duraznos de la Inmortalidad, que era un cargo delicadísimo y reservado a muy pocos miembros de la corte imperial. Sin embargo, lo primero que hizo Sun cuando entró en el Jardín de los Duraznos de la Inmortalidad, fue darse una panzada de fruta tan grande que dejó pelado el Jardín.

Ahí se acabó la paciencia del Emperador y lo mandó arrestar. Y así, el mono Sun fue a parar a una de las celdas más oscuras, húmedas y subterráneas del palacio. Allí, privado de su palo mágico, descubrió que tampoco conservaba todas sus otras artes. Por más que se esforzara, no podía convocar nubes ni hacer que su celda se llenara de frutas jugosas.

Entonces, el mono Sun se puso triste, golpeó las paredes de piedra de su celda, pataleó su cama de paja, reclamó en vano su palo de los milagros, tiró al piso toda la comida que le llevaron y apenas bebió el agua que le acercaban sus carceleros.

Cuando ya estaba a punto de morirse de hambre, una tenue luz alumbró su celda.
—Te sacaré de aquí, amigo Sun —dijo una voz misteriosa.
—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó Sun con un hilo de voz.
—Tendrás que hacer muchas cosas que todavía no puedo contarte —volvió a decir la voz—. Y deberás encontrar el camino para ser el mono que realmente eres.
—De acuerdo —dijo el mono—. Pero, ¿quién me habla?
—Soy el que soy.

Acompañando las palabras de la voz misteriosa, Sun olió un delicado perfume y entrevió una luz que pronto se apagó. El mono se pasó el resto de la noche pensando en lo que significaba ser el mono que realmente era. Por supuesto que no era un mono común, ni un mandril, ni un mono araña, ni un babuino, ni un macaco, ni un mono tití. Tampoco era un súper mago ni el dueño del mundo, ni el mono preferido del Emperador, puesto que estaba encerrado en esa celda.

Cuando las primeras luces de la mañana entraron por entre los barrotes de la ventana, Sun entendió y dijo:
—Yo también soy el que soy. Ni más, ni menos.

Repentinamente, las paredes de la celda se disolvieron y Sun se encontró cara a cara con la voz, que tenía el aspecto de una persona amable y sonriente que le dijo:
—Finalmente resolviste el enigma.

Desde entonces, el mono Sun cumplió con su promesa y realizó muchas hazañas, no para complacer a nadie sino para seguir siendo quien era. Y cuenta la leyenda que voló hasta el extremo del universo y que siguió a la voz que lo había liberado durante catorce años, viviendo fantásticas aventuras.

Leyenda china.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Máscara del mono Sun en las representaciones de la Opera de Beijing, tomada de la página China Chuanhua

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