martes, 21 de agosto de 2012

Fata Morgana


—¡Parecen castillos en el aire! —exclamó Alina haciendo visera con la mano para protegerse del sol.

Efectivamente, desde la cubierta del ferry se divisaba, sobre el horizonte, una extraordinaria hilera de construcciones fantasmagóricas que tenían cimientos invisibles. Parecían castillos de cuentos de hadas flotando en el aire caliente de la mañana.
—En la guía turística dice que son una ilusión óptica —explicó Joaquín, con el afán científico de siempre—. Se producen por la diferencia de temperatura entre las masas de aire calientes y frías. Las del estrecho de Messina son las más famosas.

En ese momento, la cubierta del ferry estaba casi vacía. Era una pequeña embarcación que hacía el viaje por el estrecho de Messina, entre Calabria y Sicilia, llevando viajantes, lugareños y turistas de una costa a la otra. Alina y Joaquín pertenecían a la última categoría, mochileros de vacaciones con poco dinero y ganas de conocer el mundo. Aparte de ellos, solamente contemplaba el espectáculo una mujer anciana, sentada al reparo del sol sobre una reposera.
—Se los conoce como “fata morgana” —les dijo amablemente a los viajeros.
—Sí —sonrió Joaquín—. Aquí en la guía lo menciona.
—¿Y explica el origen de ese nombre? —La anciana hablaba un castellano muy correcto, con un acento imposible de descifrar.
—No. Solamente dice eso.
—¿Les interesaría conocer la historia?

Por un momento, Alina temió que la mujer fuera una de esas charlatanas insoportables que a veces se habían encontrado durante el viaje, pero había algo diferente en su aspecto y en su manera  de hablar que le despertó curiosidad. Además, la travesía era larga y no tenían otra cosa qué hacer.
—Sí —dijo— ¿Nos la quiere contar?

Joaquín cerró la guía y los dos se sentaron en reposeras vecinas. La anciana sacó de su bolso un enorme pañuelo violeta y se cubrió la cabeza a la manera de las mujeres musulmanas. Por el borde del pañuelo asomaban sus largos mechones de canas, agitados por el viento suave de la mañana. Parecían danzar con vida propia.
—En italiano —les explicó—, “fata morgana” quiere decir hada Morgana, y se refiere a una maga legendaria de las antiguas tradiciones celtas.
—Vi algo de eso en una película —dijo Joaquín—. Tenía que ver con el rey Arturo.
—Y con el mago Merlín —acotó Alina.

Una sonrisa algo amarga curvó los labios de la anciana.
—Es verdad. Algo tenía que ver con los dos. Pero no de la manera que cuentan las películas. Se decía que Morgana, o Morgan Le Fay, como también la llamaban, era media hermana del rey Arturo. Compartían la misma madre, lady Igraine, pero tenían diferente padre. Allí es donde entra Merlín en esta historia.
—¿De qué manera? —preguntó Alina.
—Lady Igraine estaba casada con Godois, rey de Cornuailles y Morgana era su hija recién nacida Pero un rey vecino llamado Uther se enamoró de la reina y, gracias a un hechizo de Merlín, pudo entrar en el castillo mientras su marido estaba ausente. De esa relación nació Arturo, que fue entregado a otra familia para que lo criara. Así fue como Arturo y Morgana resultaron medio hermanos pero crecieron separados, sin saber nada uno del otro. Merlín se encargó de instruir a los dos en las ciencias y las artes mágicas, aunque la niña fue su mejor discípula. Las mujeres celtas heredaban la magia de la Tierra, y esa fue su mayor habilidad. Tenía otras dos hermanas, hijas de Igraine y de Godois, que ya nadie recuerda.

La mujer hizo una pausa y miró el horizonte. El “fata morgana” estaba en su mayor esplendor. Casi podían adivinarse banderas flameando en las altísimas torres de los castillos aéreos.
—Morgana creció solitaria, merodeando entre las pilas de antiguos pergaminos del palacio de sus padres. Aprendía cada vez más sobres las artes oscuras, y comenzaron a circular historias extrañas sobre ella. Que era capaz de crear y destruir seres. Que podía transformarse en lo que quisiera. Especialmente, decían, en una corneja. También tenía la habilidad de curar. Pero su vida cambió cuando el rey Godois murió durante una batalla.
—Se ve que eran tiempos difíciles —comentó Joaquín—. ¿Qué pasó entonces?
—El rey Uther, el mismo que era padre de Arturo, se casó finalmente con Igraine, la madre de Morgana. Sus dos hermanas también se casaron y dicen que Morgana fue encerrada en un convento. ¡Eso fue una tragedia para ella!
—¿Por qué? —preguntó Alina intrigada por el tono de la anciana al pronunciar esta última frase.
—Piensen que, en esas épocas, el cristianismo iba tomando cada vez más poder en esas tierras. Y Morgana había crecido en las antiguas tradiciones religiosas de los celtas. En el convento sufrió toda clase de burlas y castigos por su conocimiento de las artes mágicas. Además, ése era un mundo gobernado por los hombres y una mujer, por fuerte e inteligente que fuera, estaba destinada al matrimonio o al convento.
—¿Y entonces, qué le pasó? —Alina estaba cada vez más intrigada.
—Algunos dicen que desapareció para siempre. Pero hay otra historia mucho más terrible. Se cuenta que Morgana y Arturo, sin saber que eran medio hermanos, se sintieron atraídos y de esa relación nació un hijo, Mordred.
—¡Pero eso es una tragedia griega! —exclamó Joaquín.
—Los griegos las escribieron, pero tragedias hay en todas partes —sonrió la mujer—.  Lo cierto es que Mordred creció alimentando un enorme odio contra su padre, que nunca quiso reconocerlo. Arturo se había casado con Ginevra, una reina muy cristiana que detestaba todas las tradiciones celtas.
—Seguro que Morgana tuvo algo que ver con el odio de Mordred —acotó Alina.
—El mundo de Morgana se estaba cayendo a pedazos. Los sacerdotes druidas eran perseguidos. Las mujeres, confinadas a sus hogares. Hasta el mismo Merlín había desaparecido. Todo se reducía a una serie de batallas por el poder entre señores feudales. Pero, volviendo a nuestra historia, Mordred mató a su padre, Arturo, en una batalla donde también él murió.
—¿Qué pasó con Morgana entonces? —preguntó Joaquín.
—Llevó el cuerpo del rey Arturo a una isla misteriosa llamada Avalon, donde le rindió honores fúnebres.
—¿Y después?
—Nunca nadie volvió a saber nada más de ella —concluyó la mujer, quitándose el enorme pañuelo violeta, que aleteó en el viento. Y agregó—. Hace mucho calor. ¿No les gustaría traer unos refrescos? Me encantaría tomar limonada.
—Ya mismo vamos. También tenemos sed —dijeron los jóvenes.

Diez minutos después volvieron a la cubierta con latas de gaseosas y vasos de plástico, pero ya no había nadie.
—¿Vio a una mujer anciana por aquí? —le preguntaron en un trabajoso italiano a un marinero que apareció, balde y escoba en mano. El hombre negó con la cabeza.
De pronto, un graznido resonó desde la antena de radio del barquito. Los jóvenes se miraron.
—¿Qué pájaro es ése?
—¡Che strano…! Questa é una cornacchia —dijo el hombre.

No necesitaron traducción. Era extraño porque jamás se las encontraba por esas latitudes. Pero la corneja graznó una vez más y se elevó en un vuelo raudo hacia los castillos de aire.

Cuento de Graciela Pérez Aguilar, inspirado en una leyenda inglesa.
Foto: Fata morgana, tomada del blog Just random

lunes, 20 de agosto de 2012

El animal preferido de Dios


Cuenta la leyenda que, un día, Dios salió a caminar por el mundo para contemplar su creación. Mientras cruzaba el desierto, escuchó los lamentos de un beduino y se detuvo para averiguar la razón de su llanto.
—¿Qué te sucede?—le preguntó.
—¡Oh. Altísimo!—replicó el hombre—. He viajado por la Tierra y he visto las incontables riquezas que les diste a otros pueblos. Ellos tienen ríos caudalosos, tierras fértiles, inmensos bosques y montañas de oro y plata. A mí, en cambio, solo me diste esta arena que quema mis pies.

Dios miró a su alrededor y reconoció que el beduino tenía razón.
—No llores más—le dijo—. Te daré algo que ningún otro ser humano tiene.

Entonces, el Supremo extendió su mano derecha y convocó al viento del sur. Luego, extendió su mano izquierda y moldeó, con ese viento, una figura mientras exclamaba:
—¡Tendrás la visión del águila y la valentía de un león! ¡Serás tan elegante como una gacela y tan fuerte como un tigre! ¡Tu memoria igualará a la de un elefante y tu resistencia, a la de un camello!

Poco a poco, la ráfaga de viento fue tomando forma mientras el Infinito Señor continuaba:
—¡Te daré cascos duros como la roca y tu pelaje será suave como el plumaje del ruiseñor! ¡Serás leal, inteligente y e incansable para el trabajo! ¡Tendrás la belleza de una reina y la majestad de un rey!

Luego, el Creador sopló en el hocico de la figura y le infundió vida.
—Ahora—dijo—, te daré como mi obsequio a los beduinos. Ellos aprenderán a conocerte y cabalgarán sobre tu lomo. Y tú correrás por la Tierra como el viento del cual estás hecho.

Así, cuentan los árabes, fue como su pueblo recibió al caballo,  el regalo preferido de Dios.

Leyenda árabe.
Versión de Graciela Pérez Aguilar
Foto: Caballo árabe, tomada de la página Todo sobre campo 

El telar de los sueños. Cuentos y leyendas del mundo


Las leyendas se van tejiendo en todos los pueblos y en todos los tiempos. Como si fueran sueños que sueña el mundo. Graciela Pérez Aguilar reunió en este libro nueve leyendas originadas en las tradiciones china, ecuatoriana, árabe, guaraní, wayúu, boliviana, irlandesa, panameña y escocesa.

Con una aguja de ensueño, en este telar se tejen las historias del Emperador Amarillo y el tigre del espejo, del origen de las pesadillas, de la telaraña plateada que conquista a las enamoradas, de un salmón de escamas sabias y de un joven-pez encerrado en las aguas de un río.

Graciela Pérez Aguilar
Ilustraciones de Ana Perissé
Ediciones Abran Cancha - Colección Caballo Rayo
14 x 19 cm. / 48 págs. / ISBN 978-987-1865-03-1

domingo, 19 de agosto de 2012

Los tres sabios de Oriente


El rey, cruel y astuto, se paseaba por la sala del trono con el ceño fruncido frente a sus consejeros.
-¡Tienen que encontrar a ese niño de una vez por todas! —exclamó impaciente—. ¡La seguridad de mi reinado está en juego y ustedes no hacen nada!
—Pero Gran Señor…—intentó hablar uno de los consejeros.
—¡Nada! —insistió el soberano—. Encuéntrenlo o serán responsables de la peor matanza que han visto sus inútiles ojos. Hasta sus propios hijos morirán.

Un escalofrío de terror recorrió a los presentes. Por suerte para ellos, el jefe de la guardia entró en la sala e hizo una profunda reverencia,
—Con el permiso de Su Excelencia, han llegado los tres hombres sabios de Oriente que anunciaron ayer su visita.
—Háganlos pasar. Después continuaremos con este tema—gruñó el rey. Y los consejeros se retiraron con un suspiro de alivio momentáneo.

Mientras los cortesanos salían, ingresaron a la sala tres hombres muy diferentes entre sí, aunque todos con el mismo aplomo y dignidad.
—Gran Señor, te presentamos nuestro saludo—dijo el hombre mayor haciendo una ligera reverencia. Era un anciano de largos cabellos y barba blanca que vestía una túnica ocre bordada en oro. Sus dibujos reproducían lunas, estrellas y otros signos desconocidos para el rey, que lo miró con atención.
—Hemos venido de muy lejos, guiados por señales misteriosas—dijo el segundo hombre inclinándose también ante el soberano. Este viajero era el más joven de los tres y sus cabellos eran rubios como el trigo. Su ropa mostraba las señales del viaje, pero aun así estaba lujosamente entretejida con hilos multicolores.
—Buscamos a un niño que acaba de nacer. Hemos sabido que las estrellas le auguran un destino fuera de lo común, y queremos presentarle nuestros respetos y entregarle algunos regalos— agregó el tercer hombre, cuya tez era tan oscura como el ébano. En los hilados de sus ropas relucían los más bellos colores de la naturaleza.
—Pensamos que quizás Su Majestad sepa dónde podemos encontrarlo.

Un repentino destello asomó a los ojos del rey, que sin embargo intentó disimularlo. Acariciando su barba gris, enarcó las cejas y habló con un tono amable.
—Me gustaría mucho tener noticias de ese notable niño que mencionan. Por desgracia no sé nada acerca de él pero mi interés es grande. Es más, si ustedes logran encontrarlo, avísenme inmediatamente y los recompensaré con más riquezas de las que han visto jamás.

Los tres hombres sabios hicieron una cortés reverencia y se retiraron caminando hacia atrás, para no darle la espalda al soberano. Una vez afuera del palacio y mientras arreglaban los arreos de sus cabalgaduras, el sabio mayor murmuró:
—Tendremos que confiar en las estrellas si queremos encontrarlo.

Enseguida, montó en su caballo persa. El hombre de tez oscura hizo arrodillar a su camello para instalarse entre sus jorobas y el menor tocó ligeramente con una vara la trompa de su elefante, que se inclinó para dejarlo subir a su lomo. Luego se encaminaron lentamente hacia la árida ruta que los aguardaba.

La noche los sorprendió en pleno camino y decidieron detenerse un rato para comer algo y dejar descansar a sus cabalgaduras. El hombre joven reunió algunas hierbas secas y, con un gesto rápido de las manos hizo brillar el fuego en medio de la oscuridad. El mayor miró atentamente hacia el cielo y dijo:
—No hay duda. La luz nos indica claramente que éste es el rumbo.
—Preparemos lo necesario —agregó el joven.

Entonces, cada uno buscó en su equipaje y colocaron sobre la arena tres pequeños cofres de oro y ébano. Los abrieron. Estaban vacíos. El hombre mayor dijo unas palabras en lengua desconocida; el hombre de tez oscura cantó una canción extraña; e hombre joven movió sus manos delgadas como dibujando en el aire. Luego algo ocurrió. Después recogieron sus cofres y. cerrándolos cuidadosamente, los volvieron a guardar en las alforjas.

En ese momento, una figura encapuchada emergió de las sombras que rodeaban el improvisado campamento. Los sabios se sorprendieron y el más joven echó mano de un pequeño puñal dorado que guardaba entre sus ropas.
—No se asusten. No soy un ladrón —dijo el recién llegado echando hacia atrás la capucha que le cubría el rostro —. Vengo a advertirles sobre un gran peligro. El rey planea matar al recién nacido.

Dichas estas palabras, volvió a encapucharse, dio media vuelta y desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Los sabios se miraron. Estaban acostumbrados a reconocer a los emisarios del misterio y se pusieron inmediatamente en marcha.

Aún no había amanecido cuando llegaron a las afueras de un pueblo. La gente dormía y el silencio era tan profundo que resonaba en sus oídos. Después de consultar atentamente las estrellas, se dirigieron sin vacilar hacia un pequeño establo donde titilaba una luz sorda. Golpearon la puerta con tres toques ligeros y después entraron.
—Que la paz esté con ustedes—dijo el sabio mayor.
—Que también a ustedes los acompañe —respondió algo sorprendido un hombre joven que se disponía a atizar el fuego de una pequeña hoguera.
—Que esté con ustedes —contestó una joven mujer que sostenía a un niño en sus brazos.
—Hemos venido desde muy lejos para presentarle nuestros respetos al recién nacido —dijo el sabio moreno.

Acto seguido, depositaron frente al niño los tres cofres de ébano y los abrieron. En el primero apareció una pequeña montaña de polvo de oro. Del segundo surgió el penetrante aroma de la mirra. En el tercero había un puñado de incienso perfumado.
—Pero también venimos a advertirles sobre el gran peligro que corre —siguió  el sabio joven.
—El rey planea matarlo y deben huir ahora mismo —concluyó el sabio moreno.

Ayudada por los sabios, la joven pareja reunió las pocas pertenencias que tenía, las cargó en su burro y, después de agradecerles, se lanzó con su niño al camino que comenzaba a dibujarse en la primera luz de la mañana.

Los tres sabios de Oriente los miraron irse hasta que se perdieron en un recodo de la ruta.
—Nuestra misión está cumplida —dijo el sabio joven.
—Podemos volver a nuestras tierras —dijo el sabio de tez oscura.
—Y el rey jamás sabrá lo que ha sucedido —concluyó el sabio mayor—. Roguemos al cielo por la suerte de este niño.

Dicho esto, los tres partieron hacia  rumbos diferentes, camino a los sitios que los habían visto nacer.

Leyenda bíblica.
Versión de Graciela Pérez Aguilar
Foto: Estrella fugaz, tomada de Little boss

El primer perro del mundo

Cuentan las abuelas del pueblo kato que, un día, el gran dios Nagaicho quiso crear el mundo. Para eso, llevó con él a un perro.
Primero, el dios formó la Tierra y después puso cuatro inmensas columnas para sostener el cielo. Más tarde, hizo a un hombre y a una mujer con la tierra, que todavía estaba blanda y caliente. El perro movió la cola al ver cómo cobraban vida.
Luego, Nagaicho creó el sol resplandeciente y la luna fría, el océano inmenso y los árboles verdes que se hamacaban en el viento. El perro hizo pis por primera vez en el tronco de un nogal de altas ramas.
A continuación, el dios creó osos y ciervos, coyotes, venados, serpientes y muchos otros animales
— Hace falta agua dulce para todas estas criaturas—le dijo el dios al perro.
Entonces, Nagaicho arrastró sus grandes pies por la tierra y dejó unos surcos enormes. Luego, metió sus dedos inmensos en las rocas. De allí brotaron manantiales que corrieron por los surcos, formando ríos cristalinos.
—Prueba si el agua es pura—le ordenó al perro. Y éste bebió con rápidos lengüetazos. Después, el mismísimo dios disfrutó del líquido transparente.
Más tarde, todos los demás animales y también los seres humanos se acercaron a las orillas para beber y bañarse.
—Tenías razón, el agua es buena—le dijo Nagaicho al perro—. Mira cómo todos la beben.
Luego, el dios apiló piedras para formar lagos artificiales y estanques donde puso peces,  tortugas y anguilas.
Muy pronto crecieron las flores y las frutas en esta tierra nueva que se llenaba de vida.
Una vez terminada su tarea, Nagaicho le dijo al perro:
—Camina conmigo. Veamos cómo ha quedado todo.
Los dos anduvieron por altas montañas  y llanuras donde crecían los tréboles y el pasto verde. A su paso saltaban las langostas y corrían las liebres. Los seres humanos comenzaban a construir sus primeras chozas y los saludaban al verlos.
—Lo hicimos bien—le dijo el dios al perro—. Ya podemos descansar.
Así fue como los dos regresaron a su casa, en el lejano Norte de la Tierra y durmieron con un sueño profundo.
Cuando las abuelas kato terminan de contar esta historia, siempre hay algún nieto que pregunta:
—¿Entonces, Nagaicho creó todo menos el perro?
—Así es—dicen las abuelas—. El perro ya estaba desde antes…


Leyenda del pueblo kato.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.

Foto: Perro corriendo, tomada del sitio 123RF

jueves, 29 de diciembre de 2011

Pescadería “Rayas y Centollas”


El doctor Locatelli entró por primera vez en la nueva pescadería de su barrio y le preguntó al dueño:
—Digame, ¿por qué su local se llama “Rayas y centollas”?
—Ya va a saber por qué —le contestó el pescadero con una sonrisa enigmática.

El doctor Locatelli tenía la costumbre de enloquecer a los comerciantes de la zona con preguntas insólitas y enseguida arremetió:
—Ya veo que tiene surubí pero, ¿tiene barajá?
—Podría conseguirle un bagre depilado con una escalerita. Usted lo pone adelante y le ordena ¡Surubí! ¡Barajá! Y el pescadito sube y baja.

Al doctor Locatelli no le gustó nada la respuesta pero continuó:
—¿Tiene langosta ancha?
—No, pero tengo anchoa angosta.

El doctor se puso ligeramente incómodo:
— Ah, caramba carambín, ¿Y tiene patí cantarín?
—Tengo uno tan fresco que canta cumbia, pero no es patí, es pa’ mí.
—¡Carambola carambolista, qué pescadero tan bromista! ¿Tiene mejillones colorados?
—Tengo mejillas rosadas. Una a cada lado de la cara.
—¿Y besugo solitario?
— ¡Jamás beso a Hugo, el solitario? Ni siquiera lo conozco.
—¡¿Y róbalo fermentado?!
—¿Cómo me pide que lo robe? ¡No lo robaría fresco, mucho menos lo voy a robar fermentado!
—¡Por mil demonios! ¿Tiene lenguado discreto?
—No, pero tengo varios deslenguados que hablan hasta por los codos.

El doctor Locatelli se puso de color púrpura, rojo como el corazón de un erizo. Era la primera vez que un comerciante lo estaba enloqueciendo a él.
—¡Rayos y centellas! ¿Con qué voy a hacer una paella?
—Tengo rayas y centollas para poner en la olla —dijo el pescadero sin perder la sonrisa—. ¿Ahora entiende por qué mi local se llama así?
—¡Usted es una rémora, una gallineta, una platija, una borriqueta, un pez clavo, un verdadero pargo!— gritó el doctor y salió, muy digno, de la pescadería en busca de otro comerciante más fácil de enloquecer.


Cuento de Graciela Pérez Aguilar
Foto: Pescados, tomada de la página Salud y Nutrición Tips.com

lunes, 14 de noviembre de 2011

Secreto de confesión


Juan Nepomuceno escucha con paciencia las confesiones de la reina Sofía de Bavaria. Las escucha un día, y otro, y otro, hasta que el rey Wenceslao monta en cólera. ¿Qué oscuros secretos cortesanos caen en los oídos del fraile? ¿Qué vínculo lo une a la soberana?

Pero Juan se niega a revelar las confidencias. Por eso, y por razones políticas, el rey manda que le corten la lengua, entre otras cosas. Y mientras los soldados lo lanzan, malherido, al río Moldava, el confesor ni siquiera es capaz de recordar la infinita catarata de banalidades y naderías que la reina le ha confiado durante años en el estrecho recinto del confesionario.

Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Catedral de San Vito, en Praga, donde se encuentran los restos de San Juan Nepomuceno.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Noriko


La recuerdo, quizás, porque ese invierno fue largo, frío y oscuro. O porque yo no tenía trabajo y vagabundeaba más a menudo por aquel barrio de residencia provisoria. O porque me intriga la cultura japonesa. O por alguna otra razón que todavía no entiendo.

Una mañana, la vidriera del local vacío del edificio de enfrente se cubrió de papeles blancos pegados con prolijidad. Otra mañana, apareció pintado sobre el vidrio: “Noriko peinados”. Así de sencillo.

Habrán sido unos quince días después, al atardecer, que me sorprendieron las luces encendidas de “Noriko peinados”. Una veintena de japoneses y japonesas conversaban con calma en lo que, evidentemente, era la inauguración. Un par de ikebanas y varias plantas con moños ponían notas de color en el local inmaculadamente blanco. Intenté suponer cuál de las presentes sería Noriko pero no lo supe ese día sino a la mañana siguiente, cuando la vi atender a tres señoras orientales.

Noriko era menuda y gordita, de cara redonda y cabello corto. No percibí ningún rasgo destacable en ella, excepto la energía y la felicidad que parecía proporcionarle su trabajo.

A la semana, de las tres señoras japonesas quedaba una sola. Y ninguna incorporación nueva de las vecinas del barrio, señoras bien occidentales.

Tal vez sea porque ese invierno fue largo, frío y oscuro, que no tengo una percepción clara del transcurso del tiempo. Pero un día vi a Noriko sentada, sola, en uno de los sillones del fondo del local. Y así la vi al día siguiente, y al otro.

Como me preocupaba la cuestión de mi falta de trabajo y andaba buscando mudarme, me distraje durante cierto tiempo. Cuando me fijé nuevamente en “Noriko peinados”, la vi tiñéndose el cabello de rojo.

Días después, se había agregado algunas extensiones. Y a la semana siguiente, esas extensiones estaban enruladas. Y luego se convirtieron en una pirámide de cucuruchos remontados sobre su cabeza. Que fueron creciendo en una proporción casi delirante con el paso del tiempo. Pero Noriko seguía firme al pie de su local vacío.

Una tarde la vi, hablando sola y convertida en una especie de Gorgona oriental. Y tres días más tarde, el local estaba cerrado y vacío.

Después, conseguí trabajo y me mudé. Pero por alguna razón que todavía no entiendo, han pasado casi veinte años y no consigo olvidarme de ella.

Cuento de Graciela Pérez Aguilar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La otra sirenita


Todo el mundo conoce la historia de la sirenita. La contó, hace muchos años, el escritor Hans Christian Andersen. Pero poca gente recuerda que aquella sirenita tenía una hermana llamada Sawa.

Sawa también sentía una inmensa curiosidad por conocer la tierra de los seres humanos. Cuando las dos llegaron a la edad en que se les permitía salir del mar, ascendieron a la superficie. Pero allí termina el parecido de sus historias.

Como todo el mundo sabe, la sirenita del cuento salvó a un príncipe de morir ahogado, se enamoró de él y trató de convertirse en una mujer como cualquier otra. El príncipe no le correspondió y la historia tuvo un final muy triste. Hay una bella estatua en la costa de Dinamarca que la recuerda para siempre.

Sawa, en cambio, eligió otro camino. Nadó y nadó a través de los fríos mares del Norte, deslumbrada por ese nuevo mundo, hasta encontrar la desembocadura del río que hoy se llama Vistula. Una vez allí, comenzó a remontarlo hasta que llegó a una pequeña aldea de pescadores.

Nada le resultaba más divertido que molestar a esos rudos navegantes y pasó semanas y meses enredándoles las redes, cortándoles los sedales y liberando a los peces. Cada vez que intentaban capturarla, ella cantaba una de sus maravillosas canciones de sirena y los pescadores quedaban embobados, como hechizados por su voz. Y Sawa lograba escaparse para seguir con sus juegos.

Pero sucedió que, un mercader de la región escuchó la historia y decidió atraparla. Alquiló un barco, se tapó los oídos con cera y ¡zas! cuando la sirenita salió a la superficie no pudo embrujarlo con su canto. La pobre Sawa terminó encerrada en una jaula de hierro.

El malvado mercader paseó a su cautiva en un carromato por todas las ferias de la comarca. Los aldeanos pagaban muchas monedas para ver a la asombrosa joven con cola de pez sumergida en un enorme estanque de vidrio, sentada sobre una piedra y atada con unas cadenas. De noche, cuando todos se habían ido, la sirenita mezclaba la sal de sus lágrimas con el agua de la gran pecera. Pero enseguida se restregaba los ojos y pensaba en cómo salir de su prisión, porque amaba la libertad más que nada en este mundo.

Cierto día, pasó frente a su prisión un joven pescador llamado War. Con sólo mirarla, su corazón se conmovió por la suerte de la bella sirena. Esa noche, regresó a la feria con dos compañeros, cortó las cadenas que la aprisionaban y la llevó hasta la orilla del río. Una vez allí, ella cantó su más hermosa canción marina para sus salvadores y volvió a las aguas que eran su hogar.

War quedó hechizado por el canto de la joven, pero supo que solamente podría amarlo si era libre. Y así fue. Sawa se quedó para siempre en las orillas del Vístula y ayudó al pescador y a sus amigos en la dura tarea que realizaban. Les hablaba de las corrientes del río, de los mejores cardúmenes de peces y de los cambios en el viento. Luego de cada jornada, se sentaba en una piedra de la costa y otra vez entonaba melodías del agua y de la tierra.

Dicen que, en nombre del pescador y la sirena, el lugar se llamó desde entonces War-Sawa, o Varsovia. En la plaza antigua de esa ciudad de Polonia hay una estatua que recuerda la historia de Sawa. La muestra con una espada y un escudo porque –cuentan- ella prometió que siempre se quedaría allí para defender al lugar y a sus habitantes.

Leyenda polaca.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Estatua de Sawa en Varsovia, Polonia.

martes, 8 de noviembre de 2011

La sirena del Tuira


—¡No vayas a bañarte a la isla del Tuira que hoy es Viernes Santo! —le habían dicho los amigos a Ramón, el joven pescador.

Ramón y sus amigos conocían la leyenda de la isla. Muchas veces, las abuelas les habían contado la historia del inmenso pez que entrara hacía añares por la desembocadura del río Tuira. Y de cómo llegó gente desde los poblados cercanos para rodearlo con sus canoas. Querían atraparlo para tener comida fresca y trenzaron grandes lazos de cuero. Con esos lazos lo ataron por la cola a un enorme árbol de la costa e intentaron cortarlo en pedazos. Pero el dolor enfureció al monstruoso animal, que empezó a dar saltos y coletazos tan fuertes que arrancó el árbol como si fuera una hoja de hierba.

Con el árbol todavía atado a la cola, el pez nadó hacia el mar, pero se atascó en el cauce del río y allí se quedó para siempre. Pasó el tiempo –decían las abuelas- y sobre su cuerpo creció el musgo. Más tarde se cubrió de plantas, arbustos y hasta arboledas frondosas. Parecía una isla y, desde entonces, todos la llamaron la isla del Encanto. Las aguas del río se arremolinaban a su alrededor y era peligroso nadar en ellas. Y, por alguna razón, la gente empezó a creer que era más peligroso en Viernes Santo.

—¡No vayas a bañarte a la isla del Tuira que hoy es Viernes Santo! —le habían dicho los amigos a Ramón, el joven pescador.

Pero los amigos no sabían que Ramón tenía una razón poderosa para ir allá. Alguien le había hablado de una hermosa mujer, mitad humana y mitad pez, que peinaba sus cabellos con un peine de oro en las costas de la isla. Desde ese momento, el joven sólo soñó con encontrarla. Por eso, a la mañana del viernes se arrojó a las aguas correntosas y nadó con todas sus fuerzas.

Cuando llegó a la isla, se aferró de unos arbustos y puso pie en tierra, completamente agotado. Durante un rato se quedó tendido, tratando de descansar mientras miraba a su alrededor. Pero, cuando intentó incorporarse, las piernas no le respondieron. Algo muy extraño le sucedía. Un sueño pesado comenzó a invadirlo y, mientras se le cerraban los ojos, creyó ver que sus piernas se unían y se cubrían de escamas, hasta parecerse a la cola de un pez. Después se durmió y se hundió en un sueño acuático, lleno de algas y burbujas, entre las que nadaba una hermosísima sirena.

—¡No vayas a bañarte a la isla del Tuira que hoy es Viernes Santo! —le habían dicho los amigos a Ramón, el joven pescador.

Pero Ramón no les hizo caso y jamás regresó. Y, desde entonces, las abuelas cuentan que en algunos días de Cuaresma, y especialmente en Semana Santa, los que navegan cerca de la isla escuchan unas voces misteriosas. Dicen que son las del joven-pez y la mujer-sirena, enamorados para siempre. Pero, claro, nadie se anima a asegurarlo.

Leyenda panameña.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.

jueves, 27 de octubre de 2011

El tigre del espejo (2ª parte)


Este relato es la segunda parte del cuento “El tigre del espejo”, publicado aquí.


Habían pasado siglos desde que el cruel Emperador Amarillo encerrara al tigre blanco y a la gente que vivía del otro lado del espejo. La antiquísima leyenda que contaba estos hechos, hablaba de la ambición del soberano por poseer al hermoso tigre, de la guerra que se desató a raíz de eso y de la manera en que los confinó y los condenó a repetir para siempre nuestros gestos desde los espejos de pared, desde los espejos de mano y hasta desde los pequeñísimos fragmentos de un espejo roto.

Las abuelas les narraban la leyenda a sus nietos y los maestros a sus alumnos, pero nadie creía que fuera más que una manera entretenida de explicar por qué los espejos repetían rostros, gestos y morisquetas. Sólo de vez en cuando, algún niño, luego de lavarse la cara y mirando su imagen se preguntaba si la historia no sería cierta. Pero inmediatamente olvidaba la idea y salía a jugar.

También se habían sucedido, una tras otra, generaciones de Emperadores Amarillos. Algunos crueles, otros autoritarios y otros simplemente indiferentes a la suerte de sus súbditos. Un dato curioso es que la vestimenta imperial había ido cambiando de color. Del amarillo oro a un amarillo claro. Y de allí a un blanco amarillento y a un blanco con una pizca de dorado. Pero los cambios habían sido tan imperceptibles que todo el mundo seguía pensando que era gobernado por un Emperador Amarillo.

Finalmente, a la muerte del Emperador Amarillo Chen, lo sucedió su hijo Huang, con gran preocupación del Primer Ministro y los Consejeros. Huang era un joven pálido y soñador, más aficionado a las historias de los antiguos maestros que a las cuestiones de Estado. Prefería buscar figuras misteriosas en las nubes del atardecer, interpretar los sonidos del agua de la gran fuente del palacio y adivinar la trayectoria de las hojas que caían en otoño.

Sin embargo, la ceremonia de asunción se celebró con todos los rituales del caso. No faltaron decenas de ruiseñores que cantaban encerrados en pequeñas jaulas de plata ni centenares de peces carpa, rojos y blancos, nadando en la fuente, ni miles de flores de loto con pequeñísimas velas encendidas que los sirvientes echaron a flotar en el río hasta convertirlo en una corriente de fuego y nieve.

En el momento culminante, y mientras Huang aguardaba sentado en el trono imperial, el Primer Ministro, seguido por los Consejeros, se acercó llevando la capa y la cuádruple corona de seda finísima. Mientras lo revestían con los atributos de su cargo, el joven notó con sorpresa que eran más blancos que la nieve de la cima las montañas más lejanas. Es más, eran de un cegador tinte plateado como los espejos cuando los ilumina el sol. Pero nadie más pareció advertirlo y todos juraron lealtad al Emperador Amarillo.

A poco de iniciado su mandato, los dignatarios empezaron a murmurar. Que el Emperador no era suficientemente duro con los impuestos. Que descuidaba las guerras de expansión. Que no distribuía la riqueza de la manera acostumbrada. Sólo hizo falta una discreta insinuación del Primer Ministro para que los Consejeros empezaran a imaginar las maneras más sutiles de librarse de él.

Aunque parecía algo ausente y mantenía su aire soñador, Huang había visto y escuchado todo esto en las formas de las nubes y en los murmullos del viento. Pero estaba solo entre la multitud de servidores y funcionarios. Necesitaba encontrar el modo de salvar su vida y recurrió a lo que más conocía: las historias de los antiguos maestros. Mientras buscaba la respuesta, evitó como pudo las posibles trampas. Dormía de a ratos, con un sueño muy ligero, bebía el agua que la lluvia dejaba en el alféizar de su ventana y se alimentaba frugalmente con la comida destinada a los pájaros, conejos y otros animales del jardín del palacio, a espaldas de sus servidores.

Claro que no podía soportar demasiado tiempo esa vida y se dedicó con desesperación a leer historias en decenas de manuscritos bellamente dibujados que se hacía traer de la biblioteca. Así pasó tardes y noches enteras, en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones imperiales. Pero se sentía cada vez más débil y cansado.

Una madrugada, el sueño lo hizo cabecear y, al incorporarse bruscamente, derribó una pila de papeles que estaban sobre la mesa. Inmediatamente después, escuchó un ruido de vidrios rotos. Al caer, los papeles habían arrojado al suelo un espejito de nácar y carey. Huang supo que eso era una respuesta y recordó la antigua leyenda del tigre y de la gente encerrada en los espejos por el Emperador Amarillo. Pero, ¿en qué podía ayudarlo esa historia? Decía que el cruel Emperador había confinado a sus enemigos del otro lado bañándolos en azogue, la sustancia plateada que transforma un vulgar vidrio en esa magia que repite las imágenes. El sol, que ya se levantaba, lo encontró de pie frente al gran espejo que colgaba de la pared de su recámara, contemplando la figura de un joven agotado, pálido como la nieve y vestido con una blanquísima túnica imperial. Entonces, con la claridad del relámpago, comprendió todo. Por alguna razón misteriosa, él pertenecía a ese otro mundo, que no era un simple cuento para entretener a los niños. Había llegado la hora de romper el hechizo. Con absoluta certeza, arrojó un taburete de ébano contra el espejo y, a medida que los fragmentos de vidrio caían al suelo, vio cómo se desplegaba ante sus ojos un mundo plateado y abismal. Vio murallas que rodeaban una inmensa plaza iluminada por la luna. Allí, cientos de hombres y mujeres tan pálidos como él aclamaban a su Emperador. Al frente de ellos, temible y majestuoso, estaba el tigre del espejo que, de un salto gigantesco, lo atravesó.

***

Huang, ahora soberano de los dos mundos, empleó toda su sabiduría para que sus habitantes aprendieran a convivir sin entablar otra guerra. Al principio hubo desconfianza, recelo, miedo. El Primer Ministro y los Consejeros huyeron aterrorizados más allá de los confines del imperio. También se fueron quienes no podían soportar que los espejos ya nos les devolvieran la copia fiel de sus gestos y morisquetas. Quienes se quedaron, tuvieron una larga vida de justicia y paz. Y no les importó la desaparición de los espejos porque ya conocían sus verdaderos rostros.

Cuento de Graciela Pérez Aguilar.

martes, 25 de octubre de 2011

Los piratas Blanco y Negro


Hace muchísimos años, el pirata Negro navegaba por los mares. Su bandera era negra, su barco era negro, sus velas eran negras. Su sombrero y sus botas también eran negros. El pirata Negro solamente pirateaba y robaba barcos que llevaran cosas de color negro. Carbón negro, perlas negras, muebles hechos de ébano (que es una madera negra), pimienta negra y cualquier otra cosa que fuera tan negrísima como su nombre.
El pirata siempre atacaba en las noches sin luna que, como todo el mundo sabe, son las más negras. Pero una mañana lo despertó el grito de un marinero.
—¡Capitán Negro, barco a la vista!

El pirata se puso unos anteojos negros y salió del camarote (que es como se llaman los dormitorios de los barcos). Tomó su largavistas y vio ¡oh, sorpresa! un barco blanquísimo en el horizonte.
—Debe ser el barco del pirata Blanco —le dijo el marinero.

Y así era. Al contrario del pirata Negro, el pirata Blanco tenía una bandera blanca y un barco blanco con velas blancas. Su sombrero y sus botas eran blancas y solamente pirateaba y robaba barcos que llevaran cosas de color blanco. Azúcar blanca, harina blanca, perlas blancas, pimienta blanca y cualquier otra cosa que fuera tan blanquísima como su nombre. Además, el pirata Blanco siempre atacaba al amanecer que, como todo el mundo sabe, es la hora más blanca.

Lo cierto es que los dos piratas, el Negro y el Blanco, se encontraron en medio del mar. Como ninguno quería robarle nada al otro, decidieron tomar un café (negro) cortado con leche (blanca). Mientras tomaban café con leche, el pirata Negro dijo:
—Estoy harto de piratear cosas negras.
—Yo también estoy cansado de robar cosas blancas —respondió el pirata Blanco.

Y, por esas casualidades que solamente pasan en las historias de piratas, el marinero gritó:
—¡Capitanes Negro y Blanco, barco a la vista!

Los dos piratas se pelearon por tomar el largavistas y vieron, con mucha sorpresa, que se acercaba otro barco. Su bandera era verde, roja, amarilla y azul. Los costados del barco estaban pintados de violeta y naranja. En la proa (que es la parte de delante de los barcos) estaba el pirata Arcoiris con su sombrero verde y sus botas rojas.
—Muy buenos días, mis amigos —dijo el capitán Arcoiris cuando desembarcó en la nave donde estaban sus compañeros piratas—. ¡Hermoso día! El mar está verde como las hojas de primavera y el sol brilla como una naranja madura.
—¿Qué verde? —dijo el pirata Negro.
—¿Qué naranja? —dijo el pirata Blanco.
—¿No pueden ver los colores? —se asombró el pirata Arcoiris—. La vida no es en blanco y negro. Miren el verde del mar, el naranja del sol, el azul del cielo, el rojo de mi planta de malvón.
—Yo solamente veo el color negro —dijo el pirata Negro.
—Yo solamente veo el color blanco —dijo el pirata Blanco.
—Creo que tengo la solución para sus problemas —dijo el pirata Arcoiris. Y sacó del fondo de su bolsillo dos pares de anteojos muy especiales que había fabricado un experto sabio chino—. Usenlos y verán colores que ni se imaginan.

Cuando el pirata Negro se puso uno de los anteojos gritó:
—¡Me encanta ese sol naranja! Quiero piratearlo y llevármelo a mi barco.

Cuando el pirata Blanco se puso el otro par de anteojos gritó:
—¡Me encanta ese mar verde! Quiero robármelo.

Mientras tanto, el pirata Arcoiris se reía.
—El sol es de todos y nadie puede robarlo. El mar es demasiado grande para piratearlo.
—¿Y te puedo piratear esta planta tan roja y bonita? —preguntó el pirata Negro señalando el malvón.
—No hace falta —contestó el pirata Arcoiris—. Yo te doy un gajo para que lo plantes y tendrás todos los malvones que quieras.

Además del blanco y del negro, gracias a sus nuevos anteojos, los feroces piratas aprendieron a descubrir todos los colores. El pirata Negro se dedicó a cultivar malvones y el pirata Blanco navegó muchos años mirando el verde del mar y el azul del cielo. Y, desde entonces, todos llevaron la misma bandera multicolor.

Cuento de Graciela Pérez Aguilar.

sábado, 22 de octubre de 2011

El dragón de Cracovia


Cuentan los habitantes de Cracovia que, en tiempos muy antiguos, un feroz dragón vivía en las entrañas de la colina Wawel, a orillas del río Vístula. De noche, los aterrados campesinos se desvelaban con los rugidos que salían de su cueva. Y de día se turnaban en los campos para vigilar sus apariciones.

Pero todas las precauciones eran inútiles. De pronto, alguien escuchaba un aletear frenético y sentía el calor maloliente de un chorro de fuego. Y adiós ovejas, adiós vacas lecheras. O, lo que es muchísimo peor, un miembro de la familia desaparecía para siempre triturado por las fauces del depredador.

El rey Krak había enviado a sus mejores caballeros para matarlo pero ninguno lo había conseguido. Las espadas se doblaban como hojas de hierba antes de atravesar sus escamas. Las armaduras se deshacían como papel bajo sus dientes. Ni las lanzas ni las flechas, ni las teas encendidas ni las mazas de hierro le hacían el menor daño.

Desesperado, el soberano decidió ofrecer la mano de su hija a aquel que liberara al reino de la terrible amenaza. Pero ningún noble, comerciante, artesano o campesino se animó a aceptar la propuesta. O, mejor dicho, ninguno menos uno.

Skuba Dratewka era un humilde aprendiz de zapatero que todos los días se ocupaba de las tareas más modestas en el taller de su patrón. Remojaba cueros, enderezaba clavos y hablaba muy poco pero tenía dos buenas cualidades: coraje e imaginación. Sin decirle nada a nadie, consiguió un cuero de oveja y una buena cantidad de azufre. Con paciencia, rellenó el cuero con el azufre y lo cosió de tal manera que parecía realmente un animal en pie. Después, escondió la supuesta oveja al costado de un campo donde pacían muchas vacas. Skuba pensó que el dragón se tentaría y no se equivocó.

Una mañana, el pueblo volvió a temblar con los rugidos y los aleteos que conocían tan bien. El pequeño aprendiz soltó el martillo y los clavos, y voló como el viento hasta el campo donde el dragón se posaba como una nube negra. Ante la mirada de los espantados campesinos, sacó la oveja de su escondite y la arrojó a la boca del monstruo, que la atrapó en el aire y se la tragó en un instante.

Entonces -cuentan los habitantes de Cracovia- el azufre surtió efecto y le dio al dragón una sed tan espantosa que se arrojó al río Vístula. Allí tomó agua, agua y más agua. Tanta agua tomó que, al final, estalló en mil pedazos. Y así, Skuba Dratewka libró a la ciudad de su pesadilla.

Cuentan también que el rey Krak cumplió su promesa y casó a su hija con el aprendiz de zapatero que, a la muerte del soberano, gobernó con coraje e imaginación los destinos del pueblo.

Leyenda polaca.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Estatua del dragón de Cracovia, Polonia, tomada de la página Polish your Polish

viernes, 21 de octubre de 2011

La adivina de Praga


En su minúscula casita del Callejón del Oro, en Praga, la vidente Madame de Thébes consulta a su lechuza. Ella le dice que Hitler será derrotado.

La adivina sale corriendo a contarles la buena nueva a sus vecinos y por eso no escucha las últimas palabras del ave:
—Y por difundir esta noticia, la Gestapo te asesinará.

Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Frente de la casita de Madame de Thébes en el Callejón del Oro, Praga.

martes, 27 de septiembre de 2011

Enfermero de río


Tengo una sed desesperante. El enfermero rubio me ofrece un minúsculo pedacito de hielo para chupar. Cierro los ojos y veo que del techo de la terapia intensiva cae una catarata de agua dulce con sábalos, surubíes, patíes, bogas y mojarritas. Abro los ojos. El pedacito de hielo ha desaparecido y el enfermero rubio me sonríe. Apenas entreveo unas branquias sospechosas en su cuello, cuando se va.

Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Colombina y el “Demonio del Mar”


Hace mucho tiempo, Colombina vivía en una isla de piratas. Su papá había sido un famoso marinero que le enseñó todos los secretos del mar. Pero, un día, su papá se fue a navegar por los mares y no volvió. Desde entonces, Colombina trabajaba con su mamá en una tienda de ropa y todos los días veía pasar a los piratas frente a la tienda.
—Hola, nena —saludaba el pirata Ojochueco —. ¿Querés dar una vuelta en barco?
—No, gracias, Ojochueco, cuando mi papá vuelva me va a llevar a dar una vuelta en su barco —contestaba Colombina.
—Hola, Colombinita —saludaba el pirata Patanegra —. ¿Querés que te enseñe cómo se maneja el timón de un barco?
—No, gracias, Patanegra, mi papá ya me enseñó a manejar el timón —contestaba Colombina.

Pero, un día, Colombina se cansó de que los piratas la trataran como a una nena. Y pensó, pensó y pensó cómo convertirse ella misma en una pirata. Los piratas iban y venían por los mares, decían malas palabras e iban a las tabernas (que son los bares de los piratas) sin que nadie les dijera nada. Mientras tanto, ella estaba siempre metida en la tienda de ropa, sin asomar la nariz a la calle. Fue entonces cuando inventó su fabuloso plan…

Parece increíble, pero Colombina alquiló un bote grande en el puerto, con los ahorros que había juntado. Poco a poco, le fabricó unas velas con los retazos de género que sobraban de la tienda de su mamá y les pintó una enorme lengua roja. Después, fabricó unos piratas de mentira, con sombrero y todo. Después, inventó unas armas secretas con las recetas que le había enseñado su papá. Y cuando tuvo todo listo, se lanzó al mar.

Y le puso un nombre a su bote: “El Demonio del Mar”.

Desde entonces, “El Demonio del Mar” se convirtió en el terror de los mares del Caribe. Aparecía en los momentos menos pensados, cuando los piratas estaban descansando de sus piraterías, y los amenazaba con su espantosa vela iluminada con una lengua roja. Les arrojaba unos cuantos cohetes y después desaparecía.

—Este “Demonio del Mar” es algo serio —decía Ojochueco en la taberna del puerto—. Se nos apareció con muchos piratas hace una semana y nos tiró un montón de cañonazos de fuego.
—También me crucé con el “Demonio del Mar” y nos apuntó con la lengua roja de su vela —agregaba Patanegra—. Vimos un montón de luces malas en el horizonte y decidimos volver al puerto.

Mientras tanto, Colombina seguía trabajando en la tienda de su mamá y, por las noches, inventaba nuevos trucos para que el “Demonio del Mar” fuera el barco más temible del Caribe. Con lo que le había enseñado su papá, inventó un espejo que iluminaba el mar con la luz de varias velas. También inventó unos fuegos artificiales que parecían bombas destructoras y fabricó muchos más piratas de tela para poner en las bordas (que son los costados de los barcos).

Todo iba bien para el “Demonio del Mar” hasta que los piratas se juntaron en la taberna del puerto.
—¡Tenemos que atacar ese barco! —dijo Patanegra.
—¡No puede ser que nos asuste tanto! — dijo Ojochueco.
—¡¡¡Tenemos que destruir al “Demonio del Mar”!!!! —gritaron todos los piratas. Y acto seguido, tramaron un plan.

Sin saber lo que pasaba, Colombina salió esa noche con su barco a navegar por el Caribe. Levantó la vela mayor y preparó sus nuevos trucos para asustar a los piratas. Pero la esperaba una sorpresa. A la salida del puerto, todos los barcos piratas la estaban esperando. Patanegra, Ojochueco, Barlovento y los más feroces bucaneros rodeaban la salida. Los cañones estaban preparados, los piratas esperaban con sus sables y sus machetes listos para atacarla.

Cuando Colombina vio a todos esos barcos rodeándola, decidió seguir adelante. Levantó su vela pintada con la lengua roja y lanzó todos sus fuegos artificiales hacia el cielo. Después, caminó hacia la proa (que es la parte de delante de los barcos), y se paró allí.

—¿Es Colombina la que está en la proa del “Demonio del Mar”? —preguntó Patanegra cuando miró por el largavistas.
—¡Es Colombina! ¡Y es la hija del mejor marinero que conocí! —respondió Ojochueco—. No podemos atacarla… debe ser una pirata muy valiente para hacernos frente.

Se fue corriendo la voz de que Colombina era la capitana del “Demonio del Mar” y todos los barcos piratas retrocedieron y le abrieron paso. Entonces, Colombina navegó orgullosa mientras los más feroces bucaneros del Caribe la saludaban con mucho respeto. Era Colombina, la hija del marinero, y la pirata más conocida del Caribe, aunque no hubiera destruido ni un solo barco. Y allí estaba, parada en la proa de su bote, el famoso “Demonio del Mar”.

Desde entonces, Colombina siguió ayudando a su mamá en la tienda pero, por las noches, conversa con todos los piratas de la isla que vienen a consultarla para aprender nuevos trucos y siempre, siempre le preguntan si tiene noticias de su papá.

Cuento de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Réplica de barco pirata - Guayaquil, Ecuador.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El mono Sun


Hace más años de los que nadie puede contar, en el lejanísimo Imperio de la seda y de la pólvora, nació un mono muy especial. Lo llamaron Sun Houzi. La gente de su pueblo decía que había nacido de un huevo de piedra y que su madre había sido una roca tan antigua como el tiempo. Y aunque nadie estaba muy seguro de que esta historia fuera cierta, lo trataron con respeto desde muy chiquito.

El pequeño Sun vivía en una granja cercana a la Ciudad Secreta, que era el corazón del Imperio, y pasó su infancia haciendo todas las monadas, monerías y monigotadas que se le ocurrieron. Desde esconderle la gorra en un pote de miel a su amable cuidador Huan Zu hasta llenar de piedritas los engranajes del molino de arroz, que se atascó haciendo un ruido espantoso.

Pero, cierto día, el pequeño Sun se dio cuenta de que podía hacer algo más que monadas, monerías y monigotadas. Esto sucedió por casualidad, cuando intentaba entrar a robar nueces de la despensa de la granja por una ventana muy chiquita. Después de meter el brazo cuan largo era, de atascarse la cabeza en los barrotes y de estirar las patas dentro de la despensa sin llegar a su objetivo, se enojó y tomó un palo para golpear la ventana. En ese momento, pensó:
—Ojalá fuera del tamaño de un ratón.

E, instantáneamente, se convirtió en un monito mínimo, tan chico como el ratón más pequeño. Un rato después, y mientras intentaba romper con el palo las nueces robadas, Sun volvió a pensar:
-—Ojalá fuera tan grande y fuerte como Huan Zu para abrir estas nueces de un solo golpe.

E, instantáneamente, se convirtió en un mono grande, del tamaño de su cuidador. Y mientras rompía y comía una montaña de nueces, pensó otra vez:
-—Aquí hay algo raro. ¿Será que este palo hace lo que yo le pido?

Y, efectivamente, así era. Sun se pasó el resto de la tarde pidiendo ser tan chico como una hormiga, una mosca o un grano de arroz, y tan grande como un buey, una choza o la carreta de Huan Zu. El palo respondió puntualmente a todos sus deseos hasta de Sun se cansó del juego y se quedó dormido.

Pasaron algunos años y Sun creció haciendo nuevos descubrimientos. No solamente podía usar su palo mágico para agrandarse y achicarse, sino que también podía hacer que las nubes arrojaran lluvia sobre la granja para tener un enorme barrial donde remojarse y ensuciarse a gusto. O también podía hacer que las frutas jugosas cayeran de los árboles a su paso para empacharse. Y lo peor es que también podía curarse el empacho con sólo desearlo.

Las habilidades de Sun llegaron a oídos del Emperador Jade, soberano del Imperio, que inmediatamente pidió que lo llevaran a su presencia y ordenó que lo nombraran Rey de los Monos y Cuidador de los Establos Celestiales.

Pero muy pronto, Sun descubrió que esos trabajos lo aburrían soberanamente. El Emperador le parecía un mequetrefe tonto y soberbio, y las ceremonias del palacio le resultaban insoportables.
—Yo soy mucho más que estos cortesanos ridículos —se dijo un día—. Puedo hacer mucho más, y lo haré porque mi magia es más fuerte. Soy un sabio más grande que el mismo cielo.

Cuando el Emperador se enteró de estos dichos, intentó conformar a Sun nombrándolo Guardián de los Duraznos de la Inmortalidad, que era un cargo delicadísimo y reservado a muy pocos miembros de la corte imperial. Sin embargo, lo primero que hizo Sun cuando entró en el Jardín de los Duraznos de la Inmortalidad, fue darse una panzada de fruta tan grande que dejó pelado el Jardín.

Ahí se acabó la paciencia del Emperador y lo mandó arrestar. Y así, el mono Sun fue a parar a una de las celdas más oscuras, húmedas y subterráneas del palacio. Allí, privado de su palo mágico, descubrió que tampoco conservaba todas sus otras artes. Por más que se esforzara, no podía convocar nubes ni hacer que su celda se llenara de frutas jugosas.

Entonces, el mono Sun se puso triste, golpeó las paredes de piedra de su celda, pataleó su cama de paja, reclamó en vano su palo de los milagros, tiró al piso toda la comida que le llevaron y apenas bebió el agua que le acercaban sus carceleros.

Cuando ya estaba a punto de morirse de hambre, una tenue luz alumbró su celda.
—Te sacaré de aquí, amigo Sun —dijo una voz misteriosa.
—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó Sun con un hilo de voz.
—Tendrás que hacer muchas cosas que todavía no puedo contarte —volvió a decir la voz—. Y deberás encontrar el camino para ser el mono que realmente eres.
—De acuerdo —dijo el mono—. Pero, ¿quién me habla?
—Soy el que soy.

Acompañando las palabras de la voz misteriosa, Sun olió un delicado perfume y entrevió una luz que pronto se apagó. El mono se pasó el resto de la noche pensando en lo que significaba ser el mono que realmente era. Por supuesto que no era un mono común, ni un mandril, ni un mono araña, ni un babuino, ni un macaco, ni un mono tití. Tampoco era un súper mago ni el dueño del mundo, ni el mono preferido del Emperador, puesto que estaba encerrado en esa celda.

Cuando las primeras luces de la mañana entraron por entre los barrotes de la ventana, Sun entendió y dijo:
—Yo también soy el que soy. Ni más, ni menos.

Repentinamente, las paredes de la celda se disolvieron y Sun se encontró cara a cara con la voz, que tenía el aspecto de una persona amable y sonriente que le dijo:
—Finalmente resolviste el enigma.

Desde entonces, el mono Sun cumplió con su promesa y realizó muchas hazañas, no para complacer a nadie sino para seguir siendo quien era. Y cuenta la leyenda que voló hasta el extremo del universo y que siguió a la voz que lo había liberado durante catorce años, viviendo fantásticas aventuras.

Leyenda china.
Versión de Graciela Pérez Aguilar.
Foto: Máscara del mono Sun en las representaciones de la Opera de Beijing, tomada de la página China Chuanhua

sábado, 24 de septiembre de 2011

Noche de brujas


Los aquelarres suceden en sitios imprevisibles y, esa noche, la cita fue en una sala de terapia intensiva. Como casualmente yo estaba allí, internada en gravísimo estado, tuve la suerte y el privilegio de participar. Mis amigos se admiran cuando les cuento la experiencia del vuelo, pero no me creen.

Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Palabras de hilo


La anciana Wattawai se despertó esa mañana, mecida por un suave tironeo de la hamaca en que dormía. La que intentaba despertarla era su nieta Mayeesei.

Fiel a la costumbre wayúu de contarle los sueños a alguien inmediatamente después de abrir los ojos, Mayeseei había tirado muy despacio de los flecos que colgaban a los lados del chinchorro -la colorida hamaca en que descansaba su abuela- con la esperanza de sacarla sin violencia de su descanso.

Mayeesei no podía hablar –precisamente, su nombre significaba “sin lengua”- pero por medio de señas le indicó que había soñado que se le caía una muela. Luego, hizo un gesto de preocupación.
Wattawai sonrió bostezando y tranquilizó a la jovencita.
— No se preocupe, m’hijita, que yo tengo vida para rato. Por algo mi nombre quiere decir “vida larga”. Que sueñe que se le cae una muela no siempre quiere decir que su abuela se va a ir de este mundo. ¿Está segura de que no le duele una muela? A lo mejor se le malogró y de ese dolor viene el sueño.

Mayeesei hizo un gesto con la cabeza que indicaba que era posible. Cuando su nieta se alejó para comenzar los trabajos de la mañana, Wattawai se quedó un momento trenzando pensativa su larga cabellera blanca. Ella también había soñado esa noche. Un sueño raro que no conseguía descifrar. Pero Maseeyei era demasiado joven como para contárselo. Imágenes como ésas necesitaban que las interpretara alguien con mucha experiencia y, por ahora, la abuela era la más experta del pueblo. Todo el mundo acudía a ella para decirle, por ejemplo, que había soñado con culebras verdes o con una bandada de pericos. Eran cosas sencillas de adivinar: buenas cosechas, muchos hijos.

No. El sueño de Wattawai había ocurrido poco antes de que su nieta la despertara, lo que indicaba que el suceso estaba próximo. ¿Pero cuál era? No había sido una pesadilla de ésas con vacas babeantes, que anuncian las enfermedades del pecho. Ni con mordeduras de perros, que previenen un ataque de pueblos vecinos. Más bien había sido un sueño extraño pero tranquilo.

En él, la abuela estaba sentada en su habitual silla de hilar y tenía a sus pies un elevado montículo de hilos de algodón. Los resplandecientes colores se entremezclaban, rojos, amarillos, verdes, azules, negros, en una intrincada y revuelta trama. Wattawai se inclinó hacia ellos, vagamente molesta por el trabajo que le daría desenmarañarlos. Tomó un montón de fibras anudadas y vio, con sorpresa, que en el centro de ellas había una araña color esmeralda con largas patas verdes que la miraba con sus ojillos brillantes. Sobresaltada, la abuela intuyó que estaba ante Waleker, la mítica araña que les había enseñado a tejer a las mujeres de su pueblo. Poco a poco, la cabeza del insecto se fue desdibujando hasta adquirir los rasgos de su nieta, Mayeesei. Y, de pronto, de su boca comenzaron a salir hilos de algodón que inmediatamente se combinaron en asombrosos dibujos cambiantes como el sueño. Aunque no podía verlos con claridad, la abuela intuyó que contaban historias del pueblo wayúu, de su pasado y de su porvenir. De esa visión extraordinaria la había sacado el suave sacudón de la hamaca esa mañana.

Mientras frotaba con arena una olla tiznada, Wattawai repasó cuidadosamente el sueño y llegó a una conclusión. Sabía que, durante el descanso nocturno, voces de otros mundos les hablaban a los humanos. Todos soñaban pero no todos sabían interpretar sus significados. En este caso, la transformación de Waleker, la mujer araña, le decía algo acerca de su nieta muda. Y, de pronto, la anciana comprendió.

Buscó a Mayeesei en la pequeña huerta donde cuidaba las yucas, los frijoles y el maíz y la llamó para que se sentara a su lado.
— Estuve pensando en lo que me dijo esta mañana y ahora yo quiero contarle el sueño que tuve.
Así lo hizo, con pelos y señales ante la mirada un poco sorprendida de su nieta que, al final del relato, hizo con la cabeza un gesto de interrogación.
— Creo, m’hijita, que Waleker me dijo que usted tiene que hablar a través del tejido porque tiene un gran poder para entender los sueños. Por eso, le voy a enseñar todo lo que sé sobre el arte de la aguja, el algodón y los tintes. Con los dibujos que haga, va a poder decirles a los demás lo que significan sus sueños, tan bien o mejor que si hablara.

Esa misma tarde, Mayeesei empezó a practicar con el ganchillo y varios ovillos de colores bajo la dirección de su abuela. Unas horas después, ya tenía una minúscula pieza de tela en la que se veían, torpemente dibujadas, una mujer grande y otra más pequeña. La mujer grande le daba a la pequeña un objeto verde cuya forma no se alcanzaba a distinguir.

Cuando la abuela lo vio, asintió, sonrió y pensó para sus adentros: “A lo mejor no me tengo que morir hoy, como dice el sueño de la niña con su muela. Tal vez tengo que enseñarle todo lo que sé. Porque en ella vive un espíritu más sabio, que pronto tomará mi lugar para ayudar a nuestra gente.”

Cuento de Graciela Pérez Aguilar, inspirado en una tradición wayúu.
Foto: Tejido wayúu, tomada de la página Cultura wayúu.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Nadie debería perderse un ecodoppler


Recomiendo fervientemente la experiencia de hacerse un ecodoppler. No es sencilla porque la medicina actual no favorece el goce estético. Pero, ¡qué sensación subacuática e inolvidable acompaña el poderoso sonido de la sangre corriendo por las venas! Ballenas y delfines deben saber algo al respecto porque, desde hace un tiempo, atosigan con mensajes incomprensibles mi casilla de mail.

Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.